Los bosques de Kikepera, en el suroeste de Estonia, conforman un extenso paisaje forestal y de humedales bien gestionado, moldeado por décadas de drenaje, silvicultura y uso de turberas. En los últimos años, partes de la zona se han convertido en el foco de proyectos propuestos de restauración de humedales y marismas, cuyo objetivo es reinundar antiguas turberas para cumplir con los objetivos climáticos y de biodiversidad. Estos planes han suscitado preocupación entre los residentes locales y los usuarios del terreno, quienes advierten que la restauración de los niveles de agua podría aumentar los riesgos de inundación para los bosques, las tierras agrícolas y las infraestructuras circundantes.

La situación en Kikepera pone de relieve un desafío más amplio al que se enfrentan muchas regiones europeas: cómo conciliar los objetivos de restauración ambiental con la seguridad de los bosques, las tierras agrícolas y las infraestructuras circundantes, así como el uso económico a largo plazo.
La zona ofrece un ejemplo concreto de cómo las decisiones sobre política climática se aplican en la práctica, donde las ambiciones ecológicas y las realidades locales deben equilibrarse cuidadosamente.
EL DILEMA DEL PANTANO
¿Qué sucede cuando un proyecto diseñado para salvar el planeta termina asfixiando a los árboles que lo protegen? En el corazón de Estonia, en la región de Kikepera, se está gestando una de las paradojas ambientales más complejas de la Unión Europea. Lo que sobre el papel es un ambicioso plan de restauración de humedales para combatir la crisis climática, sobre el terreno se ha transformado en un conflicto abierto. La pregunta que recorre los senderos de este bosque es tan sencilla como inquietante: ¿estamos intentando “curar” un ecosistema que ya se ha curado a sí mismo, a costa de la seguridad y la memoria de quienes lo habitan?

EL COSTO OCULTO DE LA REHUMIDIFICACIÓN
La ingeniería del proyecto, liderado por el Fondo Estonio para la Naturaleza (Eestimaa Looduse Fond – ELF), es aparentemente directa: Cerrar las zanjas de drenaje construidas hace 80 años para elevar el nivel freático y devolver al bosque su estado original de humedal. Sin embargo, el impacto técnico es profundo. Al inundar suelos que han albergado bosques maduros durante casi un siglo, el exceso de agua condena a árboles de entre 70 y 80 años a una muerte segura.
La contradicción científica es evidente. Al morir, estos árboles dejan de capturar CO2, pero el riesgo mayor reside en lo que ocurre bajo el agua. Sin una evaluación rigurosa del balance de gases de efecto invernadero (GEI) —una carencia alarmante para un proyecto financiado por la UE—, la materia orgánica en descomposición bajo el agua corre el riesgo de convertirse en una fuente de emisiones nocivas.
“No existe una evaluación del balance de gases de efecto invernadero. A menudo, cuando se inunda un bosque maduro, se produce una liberación de metano debido a la descomposición de la materia orgánica, y no hay cálculos sobre cuánto gas se absorberá frente a cuánto se liberará”, advierte Annel Anger-Kraavi, investigadora de política climática en la Universidad de Cambridge, una de las personas expertas involucradas en el monitoreo del área.

CIENCIA SIN DATOS
Kikepera no es un ensayo de laboratorio; es un experimento a escala masiva que abarca entre 30 y 35 kilómetros cuadrados. En el contexto de la política climática europea, esta zona se ha convertido en un “conejillo de indias”. La audacia de intervenir en un área tan vasta sin mediciones precisas del terreno ni una gestión de riesgos adecuada desafía los propios protocolos de la Unión Europea, que exigen rigor científico y consenso social para sus proyectos de ciencia aplicada.


La escala es tal que la preocupación es sistémica: si un experimento de 35 km² sale mal, las consecuencias ecológicas y financieras no serán locales, sino un fracaso de la estrategia de restauración de la UE. Como se comenta en los círculos técnicos de la región, se trata de una apuesta de alto riesgo: “Es un área enorme para un experimento; si algo sale mal, sale realmente mal”.
EL BOSQUE ES MEMORIA
Para los habitantes de Kikepera, el bosque no es una cifra en un balance de biodiversidad, sino un legado vivo. El conflicto ha escalado hasta los tribunales nacionales y ha saltado a las noticias locales tras la reciente controversia sobre los permisos de construcción necesarios para las obras de rehumidificación. La comunidad ha demandado al proyecto por temor a que el agua inunde sus aldeas y destruya las carreteras que garantizan su conectividad.
Pero más allá de la infraestructura, existe un vínculo emocional inquebrantable: muchos de estos árboles fueron plantados por los propios vecinos junto a sus padres décadas atrás. La comunicación entre el equipo del proyecto y los locales se ha roto, dejando un rastro de desconfianza.
“Sienten que el equipo del proyecto no los ha escuchado. Están realmente preocupados por perder su bosque; este es el bosque que muchos plantaron con sus padres… temen, básicamente, por la pérdida de su modo de vida”, relata un testimonio cercano al litigio.

EL VACÍO LEGAL: CREANDO EL PRECEDENTE PARA TODA EUROPA
El caso judicial de Kikepera es crucial porque evidencia un vacío legal en la arquitectura climática europea. Actualmente, no existe un marco regulatorio sólido ni protocolos de evaluación de riesgos estandarizados para proyectos de restauración masiva bajo la Ley de Restauración de la Naturaleza de la UE.
El fallo de los tribunales estonios no solo decidirá el futuro de este humedal, sino que establecerá las reglas para toda Europa. El objetivo es determinar cómo equilibrar los objetivos de uso de la tierra (LULUCF) y la captura de carbono con la seguridad jurídica de las comunidades rurales, garantizando que el apoyo comunitario no sea un requisito opcional, sino el pilar de cualquier intervención climática.
LA IRONÍA DE LA PROTECCIÓN: “NO PUEDES TOCAR UNA RAMA, PERO PUEDES INUNDAR EL BOSQUE”
La paradoja visual en Kikepera es impactante. Al ser una zona estrictamente protegida, los lugareños tienen prohibido retirar incluso una rama caída. Sin embargo, en el otro lado de la carretera, el proyecto oficial contempla derribar árboles y cerrar zanjas en una intervención humana masiva que altera el paisaje por completo.

Caminar por la zona permite ver la contradicción: por un lado, una naturaleza que, según los locales, ya se estaba restaurando sola de forma orgánica; por el otro, la imagen de árboles caídos y maquinaria pesada preparando el terreno para la inundación. Este “absurdo” alimenta el sentimiento de que la tecnocracia climática ignora la salud real y actual del bosque en favor de un ideal teórico de humedal primigenio.
HACIA UNA ECOLOGÍA CON ROSTRO HUMANO
La restauración ecológica no debe ser una imposición, sino un proceso de empoderamiento. Iniciativas como las competencias diseñadas para jóvenes de 16 años en la zona buscan precisamente eso: que las nuevas generaciones no pierdan la fe en el futuro y comprendan el cambio climático a través de la experiencia directa, no solo de la teoría.
Sin embargo, el éxito de la transición verde europea depende de su capacidad para ser transparente y humana. Si la lucha contra el cambio climático ignora a las comunidades y carece de rigor científico en sus mediciones de metano y carbono, corre el riesgo de perder su legitimidad.
“¿Quién asumirá la responsabilidad legal y ecológica si un experimento de 35 kilómetros cuadrados falla, destruye el patrimonio forestal y termina liberando más gases de los que pretendía capturar?”, se pregunta Annel Anger-Kraavi …

